Spotify: Nadie sabe para quién trabaja

Hace un días el CEO de Spotify Daniel Ek, respondiendo a las críticas por las bajas regalías que reciben los músicos cuando su música se escucha a través de este servicio de streaming, le quitó responsabilidad a su compañía y dio a entender que los músicos debían adaptarse a los nuevos tiempos, en los cuales no basta con sacar un álbum cada tres o cuatro años, sino que se debe buscar alcanzar una interacción constante con los usuarios. Estas frases fueron muy mal recibidas por varios músicos, especialmente aquellos que llevan ya un buen tiempo quejándose del menosprecio económico que ejerce Spotify para con los creadores de contenido, los que, a pesar de lograr a veces literalmente millones de streams con sus canciones, reciben solamente migajas.

 

Lo triste es que probablemente Ek no está equivocado. Dada la estructura económica de Spotify, es muy difícil imaginar un sistema que terminase entregando pagos significativos a los artistas. Lo que muchos no saben de Spotify es que hasta hoy sigue siendo un negocio que todos los años pierde enormes cantidades de dinero, a pesar de ser muy exitoso y popular. Esto se debe principalmente a las millonarias sumas que Spotify debe pagar en licencias a las grandes compañías discográficas por usar su música y por el bajo número de usuarios “premium” que pagan por utilizar el servicio de streaming. Aplicaciones similares como Apple Music, Youtube (perteneciente a Google) o Amazon Music también operan con pérdidas económicas, pero son parte de un ecosistema de servicios que en su conjunto generan ganancias. Apple, por ejemplo, no tiene problemas en ofrecer un servicio de música deficitario si eso significa una mayor venta de iPhones, lo que termina en suma generando más dinero del que se pierde. Spotify no tiene ese privilegio, pero debe igualmente competir con precios acordes. Tampoco tiene mucha libertad para negociar en el pago de las licencias, ya que las grandes compañías discográficas, al no poder Spotify costear el millonario pago por adelantado que se exigían por las licencias, aceptaron acciones de Spotify como parte de pago, haciéndolas acreedoras de un 20% de la compañía. 

 

Como se ve, Spotify está atado a un modelo de negocios cuya viabilidad tiene un futuro muy incierto. Pensar entonces en este servicio de streaming como una caja repartidora termina siendo, al menos, voluntarista. Esto no quiere decir que Spotify sea completamente inútil y desechable para los artistas. Por el contrario, los servicios de streaming en general y Spotify en particular abren una gama de posibilidades impensadas hace unos pocos años para los músicos, principalmente por el alcance global de estos servicios. Artistas de nicho, por ejemplo, que en el pasado no podía surgir ya que su público era muy reducido, hoy en día pueden llegar a millones de fans en el mundo entero. Su público sigue siendo proporcionalmente igual de pequeño que antes, pero, al alcanzar una escala global y no únicamente local como era antes, esta pequeña proporción se traduce en millones de usuarios. El negocio se torna entonces viable si (y sólo si) se consigue monetizar esa popularidad. Las formas más comunes de llevar esto a cabo es a través de ventas de tickets para conciertos en vivo (que históricamente siempre ha sido la principal fuente de ingresos para los músicos), formas de pago directo de los fans a los creadores (por ejemplo a través de Patreon o servicios de crowdfunding) o venta de merchandising. Y tal como dice Ek, en el mundo digital actual donde todo se mueve tan rápido, este sistema va a beneficiar a aquellos creadores que logren permanecer vigentes de manera constante a través de interacciones periódicas con sus fans.

 

Spotify igualmente realiza practicas bastante cuestionables que podrían ser mejoradas desde el punto de vista artístico. Por ejemplo el sistema de “pay per stream”, es decir que los pagos y la popularidad de las canciones se miden de acuerdo a la cantidad de clicks obtenidos, no parece ser especialmente justo y ha cambiado para peor la forma de producir música: como para el algoritmo un click en una canción corta vale lo mismo que para una canción larga, las producciones musicales se han ido acortando cada vez más y se termina castigando a los artistas que buscan mayor complejidad en sus creaciones. Un sistema basado en los segundos de música reproducidos tendría mayor sentido.

 

Finalmente los músicos debemos aceptar que en la época del streaming la gran parte de los esfuerzos invertidos en el ecosistema de la industria fonográfica, tal como en la era del CD, termina en los bolsillos de las grandes compañías discográficas. Indignarse por esta situación, aunque justificado, es perder el tiempo. Aprovechemos, en cambio, la enormidad de nuevas herramientas digitales a nuestra disposición y regocijémonos en saber que hoy, como nunca antes, podemos llevar el fruto de nuestra pasión a oídos repartidos por todo el mundo. Quizás en la economía del streaming nadie sabe para quién trabaja, pero la música, especialmente si es capaz de conmover a millones, siempre trabaja por un mundo mejor.

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Matias Alzola Matias Alzola Matias Alzola Matias Alzola