La precariedad y la Música

A pesar de todos los esfuerzos que hacen las personas que deciden dedicarse a la profesión musical a lo largo de su vida, incluyendo la mayoría de las veces sacrificios desde la infancia, grandes gastos monetarios en instrumentos, estudios, viajes, etc. y largos períodos de especialización académica similares a la de los médicos, esto no se traduce en una condición laboral privilegiada. Por el contrario, el oficio musical está caracterizado por la precariedad e inestabilidad, teniendo tasas altísimas de informalidad de trabajo, constantes lagunas laborales e incertidumbre acerca del futuro. En definitiva, los músicos representan de manera paradigmática los problemas de la llamada “gig economy” que tanta importancia ha tenido en nuestro mundo contemporáneo y que en el mundo post pandemia estará más relevante que nunca.

 

Las razones para esta situación son múltiples y variadas. Aparte de la condición monetariamente deficitaria de la cultura, se da en el mundo de la música de manera muy fuerte un fenómeno que se conoce como el principio de “Superstar” o “Winner-takes-all”, donde un puñado muy pequeño de personas exitosas acaparan todas las oportunidades, dejando al resto sin posibilidades de surgir. En el caso de la música se puede ver, por ejemplo, como un intérprete muy exitoso no sólo va a dar cada año decenas de conciertos en las mejores salas del mundo, sino que también va a tener un trabajo como profesor en una universidad, una plaza en una orquesta de renombre y un contrato con una compañía discográfica, juntando de esta manera en una sola persona cuatro situaciones laborales que también por separado darían gran estabilidad y prestigio. Cada músico alberga en sí la esperanza de llegar a ser esa superestrella que triunfe desmesuradamente, lo que los motiva a seguir invirtiendo en su carrera, realizando trabajos paralelos que nada tienen que ver con la música para pagar las cuentas y aceptando labores musicales mal remuneradas con la intención de obtener contactos o exposición a cambio. Esto finalmente satura el mercado laboral, que termina repleto de profesionales altamente calificados dispuestos a trabajar a cambio de poco o incluso nada, exacerbando así la precariedad en el mundo de la música.

 

Incluso en Austria, un país muy desarrollado y donde la cultura recibe gran valoración, la labor musical es altamente precaria. El gran número de músicos que no logra obtener un contrato fijo en alguna orquesta u otra institución debe arreglárselas por su propia cuenta como trabajador independiente, muchas veces siendo incapaz de pagar su propia seguridad social y moviéndose derechamente en la informalidad absoluta. Muchos músicos acá son jóvenes profesionales extranjeros que vinieron a probar suerte desde países muy lejanos y no cuentan por lo tanto con una red de protección que los pueda ayudar cuando las cosas se ponen difíciles. Estando tan saturado el mercado, los músicos se ven obligados a estar siempre disponibles, ya que aún una muy justificada cancelación podría significar perder conexiones que tomaron años en consolidarse. Incluso orquestas muy famosas y fuertemente subsidiadas por el estado emplean de manera informal y en condiciones laborales muy precarias a substitutos que aceptan este trato agradecidamente, sabiendo que rechazar una oportunidad así podría significar una especie de exilio profesional.

 

¿Qué es lo que lleva, entonces, a que una persona decida perseguir una carrera tan ingrata? La teoría económica explica este fenómeno atribuyéndole a la labor musical beneficios “monetarios” y “no monetarios”. Estos últimos compensarían el castigo económico que reciben los músicos e incluyen elementos como la autonomía personal, una vida creativa, el reconocimiento social, la ausencia de rutina y la capacidad de innovación. Lo cierto es que, más allá de la teoría, los que nos dedicamos a este rubro sabemos que una vez que muerde el bichito de la música, ya no hay vuelta atrás. Hay algo en esta profesión que la convierte en una droga muy difícil de abandonar y que nos impulsa a perseverar en ella insistentemente, a sabiendas de las altas posibilidades de fracasar.

 

Solucionar estos problemas ha demostrado ser altamente complejo. Iniciativas como la exigencia de un “fair pay” o la sindicalización de los músicos independientes que han tratado de establecerse infructuosamente no atienden el problema de base y terminan, a través de un mercado laboral más rígido, elevando las barreras de entrada, reduciendo las oportunidades, subiendo las tasas de informalidad y excluyendo a aquellos con menos conexiones y en situaciones mayormente precarias. Por ahora quizás uno de los mayores aportes que se pueden realizar es concientizar acerca de esta lamentable situación y esperar que en el futuro los músicos no tengan que aceptar la precariedad como condición ineludible para perseguir su pasión.

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