Morricone y Bad Bunny

La semana pasada dos noticias llamaron la atención en el mundo de la música. Primero, el afamado compositor Ennio Morricone falleció a los 91 años de edad, dejando un gran legado de memorables melodías cinematográficas. Un par de días después la Asociación Americana de Compositores, Autores y Editores le entregó al rapero Bad Bunny el premio al compositor del año 2020. Aunque disímiles, estos sucesos motivan una reflexión acerca del oficio del compositor en el siglo XXI.

 

Hoy en día ir a un concierto de música clásica significa, por lo general, ir a escuchar las mismas obras maestras de personas muertas hace ya muchos años y cuesta imaginar un tiempo donde esto ocurriese de manera diferente, pero lo cierto es que hasta el siglo XX escuchar música antigua o no contemporánea era un evento más bien excepcional. Sin embargo, actualmente los compositores  escriben para un nicho muy pequeño de personas, un público iniciado en las oscuras y complejas artes de los sonidos modernos que tan ajenos suenan para el común de la población. Cabe entonces preguntarse qué pasó para que la situación cambiase de manera tan radical.

 

Hace ya más de un siglo el compositor austríaco Arnold Schönberg declaró la “emancipación de la disonancia” en la música. Hasta ese entonces la música occidental se había regido por simples pero poderosas leyes provenientes directamente de la naturaleza y que se traducían en notas consonantes y disonantes entre ellas. Las disonancias jugaban un rol fundamental, creando tensión en la música, pero ésta solo tenía sentido en cuanto era liberada en una consonancia. Con el paso de los siglos esta interacción entre disonancias y consonancias se fue haciendo cada vez más compleja, desatando a principios del siglo XX una suerte de crisis: los compositores se sentían incapaces de crear de manera novedosa con un sistema que ya había sido llevado a su límite. Las respuestas a este problema fueron muy variopintas, pero sin duda la más influyente fue la de Schönberg, quien liberó a las disonancias de su dependencia forzada con respecto a las consonancias, usándolas de manera libre primero y luego en un sistema que llamó “dodecafonía”.

 

Este cambio fue una absoluta revolución. Por primera vez la música no se regía por leyes naturales, sino que por reglas matemáticas puramente conceptuales. Aunque Schönberg creía (erróneamente) que su sistema era la última etapa evolutiva del mismo sistema de armonía que él había desecho, lo cierto es que, para bien o para mal, desde entonces la música dejó de comunicarse con sus oyentes de la manera natural en la que lo había hecho hasta entonces. Esta pequeña grieta con el paso de los años se transformó en un gigantesco abismo, llegando a la situación actual en la que los compositores contemporáneos decididamente buscan alejarse de cualquier tipo de gusto masivo y donde todos aquellos que osan escribir música distinta a esta norma (como por ejemplo Arvo Pärt) son catalogados de “kitsch” o “no realmente modernos”.

 

En este sentido, el premio que recibió Bad Bunny hace unos días, si bien se relaciona con su éxito económico y no pretende decir nada acerca de la calidad de su música, representa de manera paradigmática la irrelevancia cultural que termina teniendo un género empecinado en crear potentes barreras de entrada intelectuales que solo un reducido grupo de fanáticos obsesivos son capaces de franquear. El vacío musical que ha generado esta situación ha sido llenado en parte por los compositores de cine, siendo la gran repercusión internacional suscitada por la muerte de Morricone un claro ejemplo de ello. Similarmente, personalidades como John Williams, Hans Zimmer o Alan Silvestri han cosechado un éxito gigantesco con sus composiciones para películas, dando quizás muestra del hambre popular que existe por una música “docta” nueva que aspire a ser masiva.

 

Como amante de la música clásica tanto antigua como actual resulta a veces muy frustrante ver repetirse año tras año las mismas obras y los mismos compositores en los programas de concierto mientras los nuevos sonidos, muchos de ellos tremendamente interesantes, se esconden en un aislamiento autoimpuesto. Ciertamente una música contemporánea que simplemente emule a la música de cine no es deseable, pero se puede ser disruptivo e innovador sin ahuyentar al público. Una disciplina artística incapaz de hablarle a su propia época inevitablemente termina siendo reemplazada, en el mejor de los casos por genios como Morricone, pero también tragicómicamente por figuras como Bad Bunny. 

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Comments: 1
  • #1

    Ruth (Tuesday, 25 August 2020 03:55)

    Cuánta razón! Felicitaciones ♥️

Matias Alzola Matias Alzola Matias Alzola Matias Alzola