Inútiles

Hace una semana, el diario singapurense “The Sunday Times” publicó los resultados de una encuesta donde preguntaba cuáles eran los “trabajos esenciales” que debían mantenerse activos a toda costa, incluso en tiempos de pandemia. Simultáneamente se le consultó a los encuestados qué trabajos consideraban los “menos esenciales” y aquí fue donde ardió Troya: 71% opinó que los artistas no realizaban una labor esencial para la sociedad, otorgándoles el triste título de trabajadores menos esenciales.

 

Previsiblemente, la indignación generalizada no se hizo esperar. Muchos artistas salieron a defender su propia labor, elucubrando complejas metáforas para explicar lo desolado que sería un mundo sin arte o describiendo la importancia que habían adquirido las ocupaciones artísticas durante la cuarentena en la tarea de mantener a la gente entretenida y mentalmente sana. Los amantes del arte, siempre dispuestos a mostrar y demostrar su infinito amor por la alta cultura, salieron vigorosos a defender a los perpetuamente denigrados artistas, de paso expresando lo mucho que echaban en falta sus periódicas visitas a la ópera o al museo. Todos los seres verdaderamente virtuosos rasgaron vestiduras en la plaza pública de las redes sociales, incrédulos ante tremenda ignominia para con las bellas artes.

 

Sin embargo ese 71% probablemente no es una anomalía, sino que se trata de una cifra que veríamos también en muchas otras ciudades aparte de Singapur, especialmente durante una crisis como la del Coronavirus. Es más, seguramente todos y cada uno de los indignados habrían reaccionado no muy positivamente si sus respectivos gobiernos hubieran anunciado que en vez de construir un nuevo hospital para atender a los infectados, se había decido erigir una nueva sala de conciertos. Todos los eventos culturales han estado pausados durante meses y, aparte de algunas lágrimas de cocodrilo, esto no ha parecido tener muchas consecuencias. Pero basta con que se avizore la posibilidad de escasez con respecto al papel higiénico para que las masas se desesperen.

 

Podemos clausurar durante meses todos los espacios culturales y seguir con nuestras vidas, pero sería inimaginable cerrar aunque fuera por una semana todos los supermercados, hospitales o farmacias. Es evidente que los artistas no somos trabajadores esenciales.

 

Y esa es nuestra gran virtud.

 

En el prefacio al “Retrato de Dorian Gray” Oscar Wilde expone en una serie de aforismos su concepción acerca del quehacer artístico y termina con una potente frase: “All art is quite useless” (todo arte es bastante inútil). Y ciertamente esto es así. El arte no tiene utilidad práctica en la sociedad, no cumple ninguna tarea concreta. Y aún así su importancia es evidente. Es como si todas las cosas útiles existieran para que podamos tener una cosa inútil a la cual admirar profundamente. El arte no tiene finalidad porque el arte es la finalidad.

 

Lo que en un principio suena como denigrante rápidamente se convierte en el mayor elogio si cambiamos la perspectiva. Todas las profesiones esenciales, útiles y prácticas existen en cuanto cumplen una función. Son por lo tanto finitas, básicas, reducidas en su alcance, desaparecen si dejan de ser necesarias. Nos mantienen vivos, pero no nos dan la vida. El arte, en cambio, es inútil, no nos sirve, perfectamente podríamos vivir sin él. Pero desde que existe la humanidad, ahí ha estado, impertérrito y eterno. No es necesario defender su existencia, declarar a los cuatro vientos lo esencial de su oficio o justificar la labor de las mentes creativas. El arte no lo requiere, es más grande que nosotros y va a seguir estando ahí, lo queramos o no, mostrándonos a través de su inutilidad el significado de estar vivos.

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Comments: 2
  • #1

    Pedro Pagliai Fuentes (Monday, 22 June 2020 17:49)

    https://www.straitstimes.com/lifestyle/entertainment/essentially-no-one-is-saying-that-painters-actors-singers-and-writers

  • #2

    Eduardo Hardy (Wednesday, 24 June 2020 00:07)

    A propósito de tu primer blog: Cuando era aún niño, en Buenos Aires, logré obtener a última hora, no recuerdo cómo, dos entradas para un concierto de Arrau al que arrastré en calidad de chaperona a una tía algo melómana. Ahí, sentado en primera fila del teatro Colón, escuché tocar por primera y última vez a Arrau. Recuerdo pocos detalles, sólo el impacto de las notas de una sonata de Beethoven. Lo que no pude apreciar entonces es que frente a mi, en carne y hueso, había tocado un gran pianista separado del Beethoven de carne y hueso sólo por tres otros grandes pianistas, Czerny, Lizt y Krause, éste último el maestro de Arrau. Además, puesto que cada uno de ellos había estudiado con el anterior, el que conocí en ese concierto fue el último eslabón de la corta cadena que nos llevaba directamente hasta el genio de Bonn. Esto es algo que aprecio mucho pues me hace a Beethoven inesperadamente cercano en el tiempo. Dudo, sin embargo, que falte el reconocimiento a Arrau como uno de los grandes del Siglo XX. Más bien pienso que en los últimos años, en este mundo tan diverso, poblado y musical, ha habido una explosión de talento joven que comienza a reemplazar a los grandes del pasado, como debe ser.

    Sobre la “inutilidad” del arte, de la que escribes en tu último blog, Kant en su Crítica del Juicio Estético se refiere al arte como una finalidad sin fin, es decir como algo cuya finalidad es intrínseca, lo que me parece estar en acuerdo contigo. Y yo también lo estoy. Pero aún así, en lo personal, conozco pocas cosas que me centren tanto espiritualmente como las sonatas para piano de Mozart. Algo muy “útil” en los tiempos de la pandemia.

Matias Alzola Matias Alzola Matias Alzola Matias Alzola