El gestor cultural: Un animal interdisciplinario

La gestión cultural es una disciplina extraña. Ya que desde que hay cultura ésta ha debido de ser gestionada, uno tendería a pensar que es un oficio muy antiguo (aunque ciertamente no el más antiguo), pero lo cierto es que recién a mediados de los años 80 se comenzó a reflexionar en torno a la tarea de organizar la cultura y al funcionamiento institucional de esta ocupación. Desde entonces la figura del gestor cultural ha sido objeto de debate en cuanto a sus características, atribuciones y capacidades.

 

Hay una vertiente de pensamiento que durante mucho tiempo ha defendido la idea de que la gestión cultural es simplemente una versión particular de la administración empresarial y, como tal, se tiene que valer de las herramientas del management como en cualquier otra empresa aplicándolas a los procesos culturales. En este sentido dirigir, por ejemplo, una empresa que produce autos y gestionar una sala de conciertos son acciones relativamente similares: en ambas se ocupan los mismos métodos de administración (tales como la planificación, la organización, el marketing, el financiamiento, la evaluación, etc.) que se adaptan a las circunstancias propias de cada disciplina. Bajo esta lógica, el gerente de la empresa de autos podría ser nombrado director de la sala de conciertos y no debería tener mayor problema en adecuar sus habilidades y conocimientos para dirigir esta institución.

 

Sin embargo esta forma de entender la gestión cultural omite el constante conflicto entre los aspectos por un lado económicos y por otro lado artísticos de esta profesión. Mientras las empresas se rigen, en general, por principios de eficiencia y maximización de las ganancias, las instituciones culturales operan bajo otros factores de éxito. Una gestión que sólo se preocupa de la solvencia económica de un emprendimiento cultural puede tener serias consecuencias en su desarrollo artístico, no son áreas separadas. Volviendo al ejemplo de la sala de conciertos, buscar maximizar las ganancias podría terminar influyendo en la composición de la temporada artística, llenándola de eventos muy populares, pero artísticamente superficiales.

 

Se hace por lo tanto necesaria una gestión cultural con herramientas y habilidades específicas para el rubro que otorguen la capacidad para resolver el constante dilema entre los factores económicos y artísticos propios de cada emprendimiento cultural. Muchas instituciones de renombre han decidido últimamente sincerar y evidenciar este conflicto, separando las dos funciones en personas diferentes. Han surgido así las figuras del director artístico y del director ejecutivo como las dos personalidades que dirigen la institución de manera conjunta y equilibrada. En términos simples, mientras el director artístico tiene la función de maximizar el valor cultural, lo que por lo general significa un mayor gasto de recursos, el director ejecutivo debe velar por la solvencia económica y ponerle freno al despilfarro. Aunque esta “separación de poderes” amilana un poco el problema, no lo soluciona del todo, ya que ambos directores siguen realizando acciones propias de gestores culturales: el director artístico no puede ser simplemente un artista sin capacidad de gestión y el director ejecutivo difícilmente triunfará siendo nada más que un manager ciego a sensibilidades culturales.

 

El gestor cultural es entonces inevitablemente una figura que debe combinar en sí mismo conocimientos y habilidades de variadas disciplinas. Cada toma de decisiones debe sopesar factores artísticos, sociológicos y económicos y el adecuado balance de estos elementos terminará significando el éxito o el fracaso de la gestión. Mientras los aspectos artísticos determinan la calidad de un emprendimiento cultural, los aspectos sociológicos definen su relevancia social y los aspectos económicos le dan la capacidad de subsistencia en el largo plazo. El valor cultural nace de la combinación de estos factores y debe ser el principal indicador que guíe a los gestores culturales.

 

La gestión cultural es muchas veces mirada como una profesión algo amorfa y dispersa. Se piensa por lo mismo que bastan intuición y buenas intenciones para salir adelante en este rubro y que el “learning by doing” es la mejor forma de juntar conocimientos. Sin embargo la realidad muestra todo lo contrario: el gestor cultural es el lazo entre el artista y la gente, es quien hace posible que el arte ocurra. Como tal debe convertirse en un ser con dedicación y paciencia para aprender habilidades muy específicas que le den la capacidad para moverse entre distintas especialidades y desenvolverse como un actor de relevancia y mirada crítica en la sociedad. Nada más alejado de la indefinición: la gestión cultural es el punto donde se juntan todas las disciplinas y es el lugar donde nace la cultura.

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Matias Alzola Matias Alzola Matias Alzola Matias Alzola